Paranoyas célebres.

domingo, 19 de marzo de 2017

Mistress






Esbozó una sonrisa torcida cuando su obra estuvo completa, un murmullo apagado le recordó que su acompañante seguía sin estar completamente de acuerdo con aquello. Había sido una apuesta, una proposición a la que no había podido negarse. Si resistía a sus encantos, si era capaz de aguantar y resistirse ante ella; tomaría su papel. Le permitiría que la hechizase con todas aquellas armas que él decía que poseía, se rendiría ante él. Finalmente, rompería el veto.
Lo dejó con la espalda pegada a la pared, esposado y con los ojos vendados. Se sentó sobre sus piernas y le besó, mordisqueándole sin ningún pudor el labio inferior. Dejó escapar un suspiro cuando se separó de él. No quería alejarse, no podía esperar a que él la desease; a que él se decidiese a rendirse completamente.
Se desabrochó la camisa con lentitud, contemplando de reojo como su compañero de juegos cada vez estaba más expectante. Expectante por ella. La larga cabellera tapaba su blanca desnudez, aunque nadie más podía verla.
—Entonces gatito, ¿te gusta lo que ves? —preguntó finalmente. Rió ante el bufido de Alaric, se enfadaba si lo llamaba “gatito” pero actuaba como tal—. Oh, venga, no seas malo…
—Lo sé —respondió en un quejido cuando unas manos suaves y frías le acariciaron la piel, forcejeó con las esposas en un vano intento por liberarse—, pero ¿no puedo al menos verte?
—No, es parte del juego.
Su respuesta fue tajante, pero en su voz se mezclaba la emoción con el desesperado deseo de satisfacerle, de llenar sus fantasías. Se sentó sobre las piernas desnudas de su “sumiso”, de no haber tenido el papel dominante habría estado temblando como un flan, pero sabía cómo disimular su nerviosismo. Desde que lo había conocido su relación con el demonio había sido un tira y afloja por poseerla. Suspiró y se echó sobre él, su corazón se desbocó tan pronto como su cabello le acarició el cuerpo desnudo; ella esbozó una sonrisa traviesa, se humedeció los labios y dejó un reguero de besos y lentos mordiscos a través de su cuello, los hombros y la clavícula. Lo notó agitarse bajo el peso de su cuerpo, lo notó forcejear con las esposas y con el irrefrenable deseo de devolverle lo que le estaba haciendo. No se le daba bien el rol de sumiso.
—Déjame ayudarte —le murmuró.
—Recuerda el trato, gatito.
Le mordisqueó el labio tras un fugaz beso que casi podría haber sido un sueño y deslizó una de sus manos entre las piernas de su enfurruñado acompañante. Le besó la comisura de los labios y regresó al trabajo que sus manos estaban realizando. Los gemidos se intensificaron y con ello, sus deseos por satisfacerle. Dejó caer los mechones de pelo rozándole los muslos, los músculos de sus piernas se tensaron bajo su cuidado roce. Sus labios le acariciaron con extrema dulzura y lentitud, su lengua se deslizó ávida e inteligente por toda su extensión.
—Para… —suplicó.
Pero no le hizo caso.
Antes de empezar habían acordado la palabra, sólo tenía que decir la palabra y ella acabaría con todo aquello. Pero no lo decía. En aquel juego mandaba él y desde luego, no quería que lo dejase. Lo observó morderse el labio; inquieto, enfadado, vulnerable. Ella no dejó de manipularle, de saborearle, pero sabía que lo estaba disfrutando, que su deseo estaba creciendo. Paró, de forma repentina pero premeditada y contempló la mueca de consternación de Alaric.
—Habías dicho que parara, gatito —susurró en su oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja en su paso por ella—. ¿Estás seguro? ¿Quieres que pare?
Lo rodeó con ambos brazos y lo besó. Se lo devolvió con la necesidad de mantener sus labios donde pudiera controlarlos, pero no duró mucho. Pronto decidió que aún no había acabado con su castigo. Clavó los dientes en su cuello, pegándose a él y dejándole sentir su cuerpo.
—Por favor…
—¿Por favor?
—No me dejes así —murmuró. Por primera vez, lo vio ruborizarse completamente vulnerable. Completamente entregado a ella. Esbozó una sonrisa y volvió a agacharse entre sus piernas. Era una devota complaciente, después de todo.

[…]


—Mistress —jadeó de forma entrecortada, le temblaba todo el cuerpo y lo único que pretendía era devolverle todo lo que le había hecho.
Había ganado. Se sentó sobre sus piernas acariciando con sus muslos aquello que le había propiciado tantísima satisfacción. Deslizó sus dedos y desató la venda que le cubría los ojos, aquellos imponentes ojos azules la contemplaron por primera vez. El temblor que había estado conteniendo durante su caring-rol se extendió tan pronto como él la devoró con la mirada.
—Las manos, por favor… Mistress.
El simple hecho de haberle devuelto la visión lo había devuelto al juego, le había devuelto el rol de dominador. Ya no era su gatito. Antes de perder aquellos últimos atisbos de vulnerabilidad, lo besó y él se lo devolvió con fiereza, la imperiosa necesidad había desaparecido. Se mordisqueó el labio y finalmente, le quitó las esposas.
Su cuerpo reaccionó como un resorte y tan pronto como tuvo las manos libres, la levantó y la dejó tendida en una postura donde acariciarla y besarla le resultaba mucho más fácil. La colocó en una posición en la que podía hacer que se rindiese a él, en la que podía persuadirla. Bajo toda aquella fachada de chica dura se vislumbraba el rubor, la vergüenza y quizás el miedo de no estar a la altura, a su altura. Esbozó una sonrisa y la besó extasiado, furioso, conmovido… necesitado, de nuevo. La necesitaba, necesitaba cada fibra de su ser, cada centímetro de su cuerpo que quedaba a la vista, cada esquiva mirada que se fugaba cuando sus ojos trataban de encontrarla.
—Gatito… —murmuró en bajito cuando dejó de besarla cubriéndose con las manos aquello que podía. Alaric le sujetó ambas manos con una de las suyas.
—No.
Fue todo lo que acertó a decir. No sabía cuánto hacía que la deseaba, pero desde luego no pensaba dejar que tapase aquella impresionante visión. Colocó una de sus piernas entre medios para separar las suyas. Antes de hacer nada volvió a besarla, le soltó las manos y dejó que las enredase en su pelo. Se separó de ella y se dirigió hacia sus senos, quienes ya habían sentido su piel minutos antes. Exhaló y ante su respiración, se cortó la de su compañera. Se lo llevó a la boca, jugueteó y mordisqueó su pezón. Primero un pecho, luego el otro. Se dedicó a mordisquearla hasta que las marcas de sus besos y sus dientes dominaron toda la parte superior de su cuerpo.
—Gatito… —comenzó, le costaba respirar y los nervios le impedían hablar—. Te necesito.
—Todavía no.
Y lo cumplió, pese a que su cuerpo también la deseaba y la necesitaba. La besó en la cadera y continuó bajando hasta entrar entre sus piernas. Le mordisqueó el interior de uno de los muslos y la besó con extremo cuidado después. Alterada, le levantó la cabeza y tiró de él para que se reincorporará y pudiera besarlo, para tenerle al alcance de sus manos. Pretendía distraerlo. Hacerle perder la compostura, pero en aquel ámbito Alaric tenía mucha más experiencia.
La dejó hacer durante unos instantes, necesitado de su contacto. Sin embargo, volvió a sujetar sus manos con una de las suyas y lo retomó donde lo había dejado. En cuanto su lengua estuvo en contacto con ella, la inercia la llevó a apretar los muslos. Aquello era buena señal. La escuchó gemir, forcejear contra su agarre y forzarlo a parar. Cedió ante su propio deseo y le soltó las manos.
—Te…
—Lo sé —respondió.
Se hundió en ella y la abrazó como si fuese a romperse, como si fuese la criatura más frágil del planeta. Necesitaba sentirla y aquel era el momento en el que más cerca estaría de comprender su existencia. De comprender qué había en ella para que hubiese cambiado de parecer con respecto al mundo, a su deber y a todo lo que le rodeaba.

sábado, 9 de enero de 2016

Reflexiones de las 4 A.M.

Anoche, estuve leyendo e indignándome con unos comentarios hacía una conocida mía, así que mi cerebro dejó de preocuparse por dormir y comenzó a cavilar un post para el blog. El post de año nuevo, faltaría más. Probablemente es la primera vez que es la indignación lo que me lleva a escribir pues habitualmente son otros sentimientos los que se convierten en mis musas.

Estimados hombres del mundo:

Tengo que deciros, en nombre de todas las mujeres que comparten mi opinión (que no son pocas), que estamos cansadas de que penséis que nuestra vida gira en torno a vosotros.

Noticias de última hora: no nos maquillamos para engañaros ni para que penséis X o Y de nosotras. No nos maquillamos para gustaros más a vosotros. Las que lo hacemos, es porque nos gusta, porque nos entretiene o simplemente porque sí. No necesitamos que nos digáis que no deberíamos maquillarnos porque a vosotros os gustamos naturales. No necesitamos que nos digáis que deberíamos maquillarnos porque así estamos más femeninas. Cuando queramos vuestra opinión os la pediremos educadamente.
En esta misma línea, no subimos fotos con poca ropa o con un anorak para que nos digáis lo guarras o sosas que somos. Si las subimos es porque nos apetece, porque nos gusta como salimos o porque nos sale del mismísimo. Pero en el 90% de los casos no es para llamar vuestra atención y en el 10% que sí, qué más da. Esas chicas merecen el mismo respeto que tú, así que deja de insultarlas por hacer lo que les apetece en el momento y en el lugar que les apetece.
Del mismo modo, no jugamos a videojuegos, vemos X tipo de películas o hacemos Y tipo de cosas como reclamo de vuestra atención. Hacemos lo que hacemos porque nos divierte, porque nos gusta, porque son nuestros malditos hobbies y un entretenimiento libre para todos y todas. Así pues, no necesitamos un test cada vez que digamos que nos gusta Bioshock, Borderlands, Dota o League of Legends (por ejemplo). Estamos cansadas de que se juzgue todo lo que hacemos sólo porque se supone que es para “hombres”; por lo tanto, debemos hacerlo para impresionaros. Si tenéis ese pensamiento, respetuosamente os pido que os alejéis de mi vida. No le hacéis ningún bien.

Finalmente, en otro orden de cosas, pero en línea a lo comentado previamente. Quiero deciros, a todas las personas que me leáis ahora mismo que todas las mujeres son reales. Que no importa si tenemos curvas o somos tablas, si somos atléticas o escuálidas, si estamos depiladas o podemos hacernos trenzas con los pelos de las piernas. Que no importa si estamos teñidas u operadas, si estamos maquilladas o con pijama y un moño mal realizado. Que no importa como vistamos, si somos masculinas o femeninas. Que no importa si nacimos siendo mujeres u hombres, si somos de lugares o religiones diferentes. Que no importan ni nuestra profesión ni nuestros hobbies.
Mientras una de nosotras se sienta real sin importar todo lo demás, es una mujer. Así que dejad de juzgar y empezad a respetar. Os digo, de corazón, que no cuesta tanto.

miércoles, 3 de junio de 2015

Y ella, ella no debería haberlo sabido nunca

Le había roto el corazón por última vez, aquella era la última vez que la abandonaba sin decir a dónde iba o si regresaría junto a ella. Aquella era la última vez que soportaba la agonía de la soledad.
Las lágrimas brotaron de sus ojos azules con las primeras luces del alba, no podía sostenerlas más tiempo. Sin embargo, por primera vez no le importaba derramarlas pues todos estaban aún durmiendo. Nadie podía verla, así que seguiría siendo la chica de mármol, frío y suave. Comprobó, con gran pesar, que las gotas que caían de sus ojos no la libraban del dolor y eso hizo que éste se anidase aún más en el fondo de su pecho.
—No llores más, por favor—. El eco de una voz familiar hizo que se frotase los ojos con ambos puños, pero la hinchazón y el color rojo la declaraban culpable.
—¿Tú te habrías ido? ¿Me habrías abandonado?
—Yo jamás te habría dejado sola, me habría quedado contigo hasta el fin del mundo…
—Yo… yo no lo sabía.
—No deberías haberlo sabido nunca, no mientras Allan estuviese junto a ti para protegerte y hacerte feliz.
¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo no había sido capaz de ver como la miraba? ¿Cómo no se había dado cuenta de que se había enamorado de ella? La convivencia había sido difícil aquellos últimos meses, pero Alaric había estado a su lado en todo momento. Había sido egoísta, no había sido capaz de ver los sentimientos de su mejor amigo a pesar de que siempre había estado junto a ella.
—Perdóname.
Él se rió y la estrechó con más fuerza entre los brazos. No podía evitar amarla, aquellos ojos a pesar de estar rojos e hinchados, daban color a su vida cada vez que le miraban. La amaba, era algo indiscutible. —No tengo nada que perdonarte, no es culpa tuya que me haya enamorado cuando tu corazón ya estaba ocupado.
—Pero yo… —las lágrimas no le permitían articular más de dos palabras seguidas y por primera vez, a pesar de tener un corazón hecho pedazos, se sentía a salvo; aunque Alaric sabía que jamás podría corresponderle.

lunes, 18 de mayo de 2015

Mi pequeño ángel

A veces era como una estrella fugaz, destinada a desvanecerse en el infinito de su propia y efímera existencia. Otras veces era como el ave fénix, renaciendo de sus cenizas tras cada error. Sin embargo, la mayor parte del tiempo era sólo ella y no un fénix o una estrella fugaz.
Era una aficionada a los rostros en blanco y negro, en color sepia. Una amante de la literatura que la había precedido varios siglos atrás. Una visionaria de imágenes en veloz movimiento. Una fugitiva del tiempo sin pasado ni presente. 
Era una adelantada a su tiempo, pues vislumbraba la paz en aciagos tiempos de guerra. Era, a su vez, una viajera a la que no le habría importado convivir con Jane Austen en sus orgullosos tiempos. 
La mayor parte del tiempo sólo era ella, y le asustaba no ser nada más. Tenía miedo de ser poca cosa, de que nadie la quisiese porque no era nada especial. Sin embargo, he de admitir que ella era más que suficiente para mí y quizás por eso os hablo de ella si fuese la persona más interesante de toda la ciudad. Ella era mi pequeño ángel.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Believe in someone



No entiendo como una canción como Pompeii puede hacer que me sienta triste, pero oye así es. Me encuentro con tal ansiedad que apenas puedo respirar, aunque bien puede ser que no sea ansiedad. Qué voy a saber yo de como me encuentro. El mundo se me va a la mierda a medida que pasan los días. Repito que estoy bien pero ¿cómo voy a estarlo? No es fácil después de todo lo que ha pasado. Ay, soy una persona deprimente. Vamos, me veis como una persona deprimente (si es que aún queda alguien que lee una sola línea de todo lo que escribo). Lo más probable es que nadie me conozca nunca realmente, nadie a quién tenga que decirle como me siento a la cara. No me gusta llorarle a nadie ¿qué le voy a hacer?

lunes, 8 de diciembre de 2014

No need help.

Estoy teniendo una de esas noches de mierda a las que me había desacostumbrado. No porque ya no apareciesen, sino porque simplemente había aprendido a superarlas y a evitar que me doliesen. Me siento completamente estúpida, inútil. Yo que creía que me había hecho lo suficientemente fuerte para que nada ni nadie pudiese herirme y resulta que todo era una fachada. De hecho, siendo sinceros no llego a entender que me tiene tan destrozada esta noche. No sé si han sido un cúmulo de todas las cosas que llevan semanas rondándome la cabeza o si ha sido una única de todas ellas. No sé si es culpa de la propia ansiedad que me están generando con todo esto del trabajo fin de grado, de los exámenes, de las prácticas y mi investigación, de tener notas altas para conseguir lo que quiero. No sé si es el hecho de estar hiriendo a las personas que quiero sin poder hacer nada. No sé si todo es culpa de la perfección que envuelve a Ed Sheeran y sus canciones. No sé, no sé, no sé. No tengo ni idea de nada.

En fin, supongo que hoy necesitaba estallar como ya me ha pasado en otras ocasiones. Necesitaba estallar para volver a estar bien durante meses. Un día malo por treinta buenos no está nada mal. Y mira por dónde, después de todo esto ya estoy bien. Sólo me ha costado unas pocas líneas y una larga llantina. Pero lo he superado yo solita, como toda una campeona; no obstante, tengo que admitir que en ocasiones me gustaría que me resultase fácil hablar de mí y de todo lo que siento, ser capaz de decir que necesito ayuda. Me puede el orgullo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Sólo estoy sensible, supongo.

No sé que me pasa últimamente que vuelvo a tener problemas para dormir y para enfrentarme a mis problemas, cualquiera, por muy pequeño que sea. Me siento como si todo el esfuerzo que he hecho por controlarlos y afrontarlos no hubiese servido para nada, como si no hubiese estado más que fingiendo que estaba todo bien y hubiese acabado creyéndomelo todo... hasta hoy, que como era de esperar he explotado.

Tampoco sé si ha tenido algo que ver el hecho de que haya tenido en reproducción automática la danza de los cisnes de "El lago de los cisnes". O si es culpa de los exámenes finales de la universidad. No tengo ni idea de qué es lo que me pasa, pero al final ha resultado que entiendo lo que significa ser una granada porque soy una de ellas, aunque no en el sentido literal. Y tengo miedo, miedo de acabar hiriendo a las personas que quiero por el hecho de que no sé ser feliz o de que no puedo serlo. También es cierto que me da miedo no ser capaz de aguantarlo, ¿qué clase de psicóloga estoy hecha? Soy capaz de ayudar a los demás a afrontar sus problemas, pero no soy capaz de hacer lo mismo conmigo.

Supongo que estoy sensible, o que ya no consigo que todo me resbale como ha hecho siempre.

martes, 10 de junio de 2014

La bailarina.


Le encantaba bailar, dar piruetas en sus bailarinas había sido siempre su única pasión. Había descubierto que al bailar, ella era un universo de sensaciones y pasiones. Además, había descubierto que bailando podía hacer sentir a otros, todo lo que ella sentía: todos sus sueños, sus deseos, sus tristezas y alegrías. 

Cada uno de sus estereotipados giros sobre la punta de los pies, hacía que el público se estremeciese sin importar la composición que sonara; no obstante, la melodía que acompañaba sus giros sobre la plataforma era siempre la misma. Sus diminutos pies giraban constantemente al son de la danza del hada del azúcar, después de todo era la perfecta bailarina para recrearlo: piel aterciopelada, mirada soñadora y grandes ansias de volar. 

Sí, quería volar. Quería mostrarse en los grandes escenarios dónde ya se habían mostrado cientos de bailarinas; quería poder realizar la danza de los cines, el vals de las flores; quería ser la Reina de las Nieves, Giselle, la Lechera; quería ser una estrella en el firmamento. 

Y allí seguía, bailando sobre la misma plataforma del color de las nubes en un día de lluvia. Dejó caer la mirada sobre el suelo mientras continuaba imitando posturas de pliés y relevés. En aquel instante no bailaba, sólo descansaba sobre posturas extremadamente incómodas. 

Dos ojos de color esmeralda se centraron en ella y la misma música comenzó a sonar, la joven bailarina con su tutú y su perfecto moño comenzó a realizar piruetas con los ojos cerrados ante la expectante mirada de su acompañante. Los dos minutos que duró la canción, sólo existió aquella joven que soñaba estar frente a una inmensa multitud en un reconocido teatro. Abrió los ojos y se encontró en el mismo pedestal de siempre, rodeada de bisutería y de una mano cerniéndose sobre su diminuto cuerpo. 

La oscuridad y el silencio la envolvieron. Su sitio estaba en aquel joyero con la música de “El Cascanueces” y no en los grandes escenarios que tanto ansiaba.

jueves, 24 de octubre de 2013

Las cosas se rompen, los corazones también.


Todos hemos roto algún plato o algún vaso alguna vez; los que son como yo y tienen manos de mantequilla habrán roto vajillas enteras. Probablemente, habrá más de uno que tenga el cupo de mala suerte repleto a varias vidas por los espejos hechos esquirlas.

Eso sí, todos sabemos que la mayor parte de esos daños (si no son demasiado graves) pueden repararse. Podemos utilizar diversos artefactos para reunir los pedazos, aunque una cosa es segura; nunca quedarán como antes, nunca volverán a estar como nuevos. Siempre quedará esa línea discontinua por donde los pedazos se separaron. Pasa lo mismo con los corazones, sólo que con éstos es peor.

Siendo muy pequeña, mi padre me contó una historia sobre un niño, una caja de clavos, su frustración y la puerta de su habitación. En resumidas cuentas, el niño debía clavar uno de los objetos en la puerta cada vez que se sintiese enfadado y con ganas de gritar; así lo hizo y la puerta acabó llena de las puntillas que antes había dentro de la caja. Cuando el infante empezó a controlar su ira, comenzó a quitar los clavos. El día que los quitó todos, fue orgulloso a su padre y le mostró la agujereada puerta. He aquí a lo que pretendía hacer referencia. Esa puerta, por mucho que le sacasen los clavos, jamás volvería a estar completa. Siempre hallarías en ella los finos agujeros que dejaron los artefactos de metal.

Los corazones y los objetos pueden pseudorepararse, pero las heridas —por muy pequeñas que sean— siempre dejan marca. A veces, esas marcas dejan huellas; huellas tan profundas que marcan el resto de la vida.

¿Cómo se vuelve a confiar en las personas cuando son ellas las que te han destrozado; las que te han hecho pedazos? ¿Cómo se vuelve a confiar en las personas cuando han roto lo más irreparable del mundo? ¿Cómo se confía en las personas cuando te han roto el corazón?

sábado, 19 de octubre de 2013

The Star Crossed Lovers.

Hay amantes que han nacido bajo el signo de la fatalidad. Amantes destinados a quererse para siempre, pero a no estar juntos nunca. Amantes que al estar unidos pueden llegar a desencadenar una serie de trágicos y desafortunados accidentes. Amantes que se comprenden de una forma que supera el poder del magnetismo de un imán, pero que también superan la fuerza con la que ambos polos se repelen. 
Amantes trágicos como Romeo y Julieta.